Caen las hojas y aparece la época dorada de los membrillos. Si hay una fruta que genera magia en una cocina, es el membrillo. Cruda es incomible, parece una papa sin cocinar: dura, sin gracia y con gusto a nada. Pero, cocida es un verdadero manjar de los dioses, la famosa “manzana dorada”.
El membrillo, también llamado
bembrillo, cacho, zamboa o
quince
en inglés,
puede ser la fruta más difícil, pero, en consecuencia, una de las más gratificantes en la cocina que encontré hasta ahora. Llegan en otoño con un paso fugaz: solo se pueden aprovechar un mes al año. Por lo que es esencial saber cómo conservarla para no desaprovechar ningún recurso: ni tiempo ni nutrientes.
El membrillo es una fruta muy baja en azúcares, con pocas calorías y alta en fibra. Actualmente, al no ser tan demandada, suele ser orgánica y, gracias a que el hombre no ha tenido mucha intervención en su cultivo, mantiene intactos sus sabores de origen.
Aporta pectina que regula los niveles de azúcar en sangre y mucílagos que son claves para reducir el colesterol. También, aporta taninos que tienen propiedades antiinflamatorias. Estos tres nutrientes, a su vez, tienen propiedades antioxidantes. De ahí que la fruta sea clave para eliminar las toxinas de nuestro cuerpo.
En mi cocina esta presente casi siempre en forma de
helado de membrillo
o en su mejor versión como
membrillos al vino tinto
.

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